Los amigos de Mateo

Legardito, otro de los amigos de Mateo

Legardito, otro de los amigos de Mateo

Ayer nació Luz. Y casi al mismo tiempo, dos grandes lectores de este blog nos han anunciado su próxima paternidad (enhorabuena chicos!).

Mateo tiene suerte, va a estar rodeado de buena gente. Podrá jugar con las dos Lucías; con Leire y su hermano gemelo; con ese lentejito con acento de Cádiz que le enseñará a saltar las olas, con Sofía, Ane, Laura…

Jugará con sus amigos de la guarde, Jesús, Santiago y Julia, que le llama Teo; con las gemelas que visten de rosa y con el niño que desayuna con el pasamontañas puesto. Con Iván y David, que tienen un trineo que se parece mucho a una barquilla de fruta con ruedas. Con Luz echará carreras en la Dehesa, y con su ‘prima Daniela’ aprenderá a patinar en el parque de María Luisa.

Buena cosecha ésta que se va a comer la crisis entre papillas y biberones. Chicos, cuando seais mayores os explicaremos qué era aquéllo del paro, la prima de riesgo o la dación en pago. Pero esa será otra historia.

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La rutina

El moco de la guardería ha decidido venir a pasar el invierno con nosotros, aunque hemos llegado a una especie de ‘entente cordiale’ y hasta hemos empezado a cogerle cariño. El acuerdo es claro: él se queda en la nariz, sin explorar otros rincones de las vías respiratorias, y nosotros no le rociamos con suero fisiológico (una tarea en la que, por cierto, Mateo es su gran aliado).

Dicho esto, hoy celebramos el primer mes de Mateo en la guardería y podemos decir que vamos esquivando a los virus y otros enemigos con éxito. Será que hemos criado a un chavalote fuerte y sano, como dice Naty; o que está esperando a que yo me reincorpore a trabajar para caer enfermo, como bromea su abuela.

Por ahora todo son sensaciones positivas. Ni él ni yo lloramos el primer día que nos separamos y desde entonces tampoco parece que Mateo me echa de menos las horas que pasa allí. Así que todos contentos: él, yo misma, y su papá.

Su jornada de trabajo, como bromea nuestro carnicero, empieza a las 10.00. Allí juega, sale al patio (aunque sería más preciso decir que le sacan) y come como un cosaco (mucho mejor que en casa, como todo buen niño que se precie ;- )

A las 15.00 su mamá le recoge y le lleva de paseo al parque, aprovechando el solecito para que se duerma la siesta hasta la hora de merendar. Después de la papilla de frutas (manzana, naranja y zanahoria es su favorita) paseo de nuevo, si el tiempo lo permite.

Antes del baño jugamos un rato en el suelo, rodando como croquetas por la manta y chupando con énfasis cualquier etiqueta que se ponga en su camino. A las 19.30 como muy tarde empieza el principio del fin del día: baño, bibe y a la cama.

20.15, Mateo acaba su jornada mientras su papá y yo recogemos el agua que lo inunda todo después del baño (probad a nadar en una bañera para niños de Ikea y veréis a qué me refiero).

Dicen que a los niños les sienta bien la rutina. A nosotros también. NI siquiera la ola de frío siberiano ha podido tumbarnos, seguimos resistiendo!

PD: Ver a Mateo contento en el cole ayuda mucho a que nosotros estemos felices. Naty, su directora, tiene gran parte de culpa. Ella nos recibe por la mañana y me lo ‘devuelve’ a medio día. Ella le da de comer y me cuenta puntualmente qué ha comido, cuántas veces ha hecho caca, cuántos eruptos se ha echado, cómo le llaman ‘Teo’ los otros niños, cómo se ríe, cuánto se revuelca por el suelo… Cuando buscábamos guardería por el barrio, en realidad buscábamos a alguien así ;- )

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Un cuento breve

Cuando despertó, el moco todavía seguía allí.

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Un cuento de invierno

Érase una vez un moco que se alojaba desde hace años en una guardería. Al moco le gustaba pasar el invierno allí, viendo jugar a los niños con aquellos cacharros de colores que se llevaban a la boca sin parar.

Sin embargo, pese a lo que le gustaba la guardería, de vez en cuando, el moco sentía un deseo irrefrenable de viajar. No tardaba entonces en hacer la maleta y se marchaba a pasar unos días a la casa de alguno de los niños.

El moco gustaba especialmente de los niños nuevos, pues mataba así dos pájaros de un tiro: viajaba y visitaba nuevos lugares al mismo tiempo. Sin embargo, este invierno, el moco llevaba varias semanas sin salir de la guardería, porque el sol de fuera no le invitaba nada a viajar.

Así que, aburrido como estaba, el moco recibió con alborozo el primer día de frío de aquel año. Aún lo recordaba, era un viernes gris y helado, lleno de gotitas de frío en el aire que le ayudarían en su viaje a la casa de un nuevo niño.

Eligió a Mateo, el más pequeño y el último en llegar a la guardería. Pensó que ya era hora de conocer el interior de su naricilla y allí que se fue con él cuando su mamá pasó a recogerle aquel frío viernes de enero.

El moco disfrutó como un enano allí dentro la primera noche. Subía y bajaba por el tobogán haciendo un ruido que los mayores llamaban ronquido, y a punto estuvo de salirse alguna de las veces que se deslizaba con fuerza por aquel columpio húmedo y oscuro.

Pero tan entretenido estaba con su tobogán, que el moco no se dio cuenta de que se había expandido demasiado dentro de la nariz de Mateo, y éste se despertó de repente, asustado porque no podía respirar.

El moco se dio cuenta demasiado tarde de su error, pero cuando trataba de reaccionar y volver dentro de la naricilla se encontró de repente bañado por un líquido transparente y un poco salado. Él conocía bien el sabor del suero, no era la primera vez que se topaba con una madre bien pertrechada de aquel remedio antimocos.

Mientras trataba de secarse de aquel líquido tan desagadable, el moco decidió que ya había viajado suficiente aquel fin de semana. El lunes sin falta regresaría a la guardería a la espera de otros días fríos en los que viajar a otras naricillas diferentes. Mateo, siguió durmiendo ajeno al moco viajero que reposaba en algún rincón de su nariz.

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Seis meses ha…

Fue hace seis meses, una madrugada no muy calurosa de julio. La ciudad dormía con esa calma de las noches de verano mientras nosotros la observábamos en silencio desde las ventanillas del coche.

Teníamos la impresión de que había llegado el momento, pero probablemente no éramos aún conscientes de que ese momento, ese viaje al hospital, nos iba a durar para toda la vida. En adelante, aquellos dos que salimos del garaje de casa en silencio, casi a hurtadillas, nos convertiríamos en dos más uno.

Hace ya seis meses. Y casi puedo ver aún hoy a Mateo dormido en el mismo cuco en el que le habíamos sacado del hospital, posado con cuidado en el suelo de la cocina, como si no supiésemos aún muy bien qué hacer con él, cuál era el sitio más apropiado (como si nos hubiesen dado un Oscar y valorásemos con mimo dónde colocarlo).

Ahora ‘Oscar’ está trabajando, como dice mi carnicero. Cumple seis meses y va ya por su tercer día de guardería. Sólo unas horitas de momento para que se vaya acostumbrando. Y parece que no le disgusta. Ni una lágrima para despedirse de mí, ni una alegría desbordada cuando voy a buscarle. Mejor así para los dos (más uno ;- ).

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