El moco de la guardería ha decidido venir a pasar el invierno con nosotros, aunque hemos llegado a una especie de ‘entente cordiale’ y hasta hemos empezado a cogerle cariño. El acuerdo es claro: él se queda en la nariz, sin explorar otros rincones de las vías respiratorias, y nosotros no le rociamos con suero fisiológico (una tarea en la que, por cierto, Mateo es su gran aliado).
Dicho esto, hoy celebramos el primer mes de Mateo en la guardería y podemos decir que vamos esquivando a los virus y otros enemigos con éxito. Será que hemos criado a un chavalote fuerte y sano, como dice Naty; o que está esperando a que yo me reincorpore a trabajar para caer enfermo, como bromea su abuela.
Por ahora todo son sensaciones positivas. Ni él ni yo lloramos el primer día que nos separamos y desde entonces tampoco parece que Mateo me echa de menos las horas que pasa allí. Así que todos contentos: él, yo misma, y su papá.
Su jornada de trabajo, como bromea nuestro carnicero, empieza a las 10.00. Allí juega, sale al patio (aunque sería más preciso decir que le sacan) y come como un cosaco (mucho mejor que en casa, como todo buen niño que se precie ;- )
A las 15.00 su mamá le recoge y le lleva de paseo al parque, aprovechando el solecito para que se duerma la siesta hasta la hora de merendar. Después de la papilla de frutas (manzana, naranja y zanahoria es su favorita) paseo de nuevo, si el tiempo lo permite.
Antes del baño jugamos un rato en el suelo, rodando como croquetas por la manta y chupando con énfasis cualquier etiqueta que se ponga en su camino. A las 19.30 como muy tarde empieza el principio del fin del día: baño, bibe y a la cama.
20.15, Mateo acaba su jornada mientras su papá y yo recogemos el agua que lo inunda todo después del baño (probad a nadar en una bañera para niños de Ikea y veréis a qué me refiero).
Dicen que a los niños les sienta bien la rutina. A nosotros también. NI siquiera la ola de frío siberiano ha podido tumbarnos, seguimos resistiendo!
PD: Ver a Mateo contento en el cole ayuda mucho a que nosotros estemos felices. Naty, su directora, tiene gran parte de culpa. Ella nos recibe por la mañana y me lo ‘devuelve’ a medio día. Ella le da de comer y me cuenta puntualmente qué ha comido, cuántas veces ha hecho caca, cuántos eruptos se ha echado, cómo le llaman ‘Teo’ los otros niños, cómo se ríe, cuánto se revuelca por el suelo… Cuando buscábamos guardería por el barrio, en realidad buscábamos a alguien así ;- )